Solo quedan seis años para salvar nuestro planeta

En septiembre del año pasado se instaló un “reloj climático” en Union Square en la ciudad de Nueva York, en Estados Unidos. Éste mostraba los números 7 103 15 24 11. ¿Qué significa esto? Que el 19 de septiembre de 2020 −cuando fue develado−, al mundo le quedaban 7 años, 103 días, 15 horas, 24 minutos y 11 segundos para llegar al “punto de no retorno“. Es decir, al punto en el que es muy factible que nuestro planeta llegue a tener una temperatura promedio de 1.5 grados centígrados por arriba de la época preindustrial (antes de 1770). En ese momento, las inundaciones, los grandes incendios, los huracanes y tifones, así como las ondas árticas −como la que acabamos de experimentar hace algunas semanas−, entre otros desastres naturales, van a ser cada vez más frecuentes y con un mayor grado de devastación.

Después de los fenómenos que experimentamos el año pasado, particularmente en los episodios en que la movilidad se restringió más, en marzo y abril del año pasado en la mayor parte del mundo, no debe haber duda de que la humanidad sí tiene un impacto en el cambio climático. La fauna silvestre que apareció en zonas urbanas, así como el embellecimiento de las playas y los días en los que el cielo fue azul en las ciudades más contaminadas, que ocurrieron en el momento en el que se apagaron los motores de la economía global por algunos meses, debió haber eliminado las dudas que tienen los escépticos del cambio climático. Esto se debió a que la humanidad dejó de producir alrededor de 8.0 por ciento de gases de efecto invernadero en 2020, el factor responsable por el que la temperatura de nuestro planeta se ha ido incrementando más de un grado centígrado −en promedio−, desde el siglo XVIII. El problema es que en los últimos años la emisión de estos gases se ha incrementado significativamente. En los últimos treinta años pasamos de 34 a 54 mil millones de toneladas de CO2 equivalente, es decir, 58.8 por ciento, de acuerdo con el Programa Europeo de Observación de la Tierra.

Lo peor es que hoy no nos quedan poco más de siete años −como lo marcó el reloj climático de Union Square en septiembre del año pasado−, sino poco menos de 6 años 305 días (se puede ver este reloj climático en tiempo real en https://climateclock.world). Es decir, si no reducimos el incremento de gases de efecto invernadero a cero hacia finales de 2027 −reitero, el incremento−, nuestro planeta habrá llegado a esa fecha límite en la que será prácticamente imposible echar para atrás el daño que ha hecho la humanidad al planeta. El impacto de estos sucesos de carácter apocalíptico está teniendo un grado de severidad tan alto, que en el Reporte de Riesgos Globales 2021 −que publicó el Foro Económico Mundial (World Economic Forum o WEF) hace unas semanas−, el “fracaso en acción climática” quedó en primer lugar. Es decir, en la evaluación que hacen los más de 600 líderes gubernamentales y de agencias globales (e.g. Naciones Unidas, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional), científicos y directores generales y presidentes de consejo de administración de las principales empresas del mundo, que respondieron cuáles son los principales riesgos a los que el mundo está expuesto, el ‘fracaso en acción climática’ registró la probabilidad más alta de ocurrencia entre los riesgos con mayor grado de severidad.

En el Acuerdo de París −firmado en abril de 2016−, los países signatarios se comprometieron a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero para el año 2050, en cierto porcentaje con respecto a las emisiones del año 2000, con una meta intermedia en 2030. Estos compromisos fueron definidos por cada país y la idea era que si bien se iba a continuar incrementando la temperatura promedio de nuestro planeta −debido a que la emisión de gases iba a continuar aumentando, pero cada vez menos−, llegara y no sobrepasara los dos grados centígrados, con respecto a la revolución industrial (la primera, que ocurrió en la segunda mitad de 1700). Sin embargo, hay dos problemas. Por un lado, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (o IPCC por sus siglas en inglés) −creado en 1988 y al que se le otorgó el Premio Nobel de la Paz en 2007, junto con Al Gore−, advirtió después −en 2018−, que la meta no debería ser de 2.0 grados centígrados, sino de 1.5. Esto se debe, por ejemplo, a que en un mundo con 2.0 grados centígrados por arriba de la época preindustrial, el Ártico podría experimentar veranos sin hielo una o dos veces cada diez años. Esto tendría consecuencias de proporciones bíblicas en términos económicos, sociales y ambientales.

En menos de siete años vamos a estar cruzando el umbral de 1.5 grados de incremento de la temperatura promedio de nuestro planeta si no disminuimos el incremento de los gases de efecto invernadero a cero. No es un tema solo para países desarrollados o para discusiones ‘fifí’. Es el planeta en el que vivimos. En este sentido, la iniciativa que acaba de aprobar la Cámara de Diputados de nuestro país en la que se modifica la Ley de la Industria Eléctrica, no solo va en contra de los propios objetivos que enuncia la reforma −como no incrementar las tarifas del servicio eléctrico en términos reales y estimular la competencia en condiciones de equidad−, sino también en contra de los compromisos que firmó nuestro país en el Acuerdo de París: (1) Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en 25 por ciento para 2030 y en 50 por ciento para 2050; y (2) generar 35 por ciento de la energía a partir de fuentes renovables para 2024 y 43 por ciento para 2030.

Fuente: elfinanciero.com.mx

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