Kamala Harris, el sueño americano hecho realidad

Negra e hija de inmigrantes hará hoy historia como primera vicepresidenta de EE.UU.

Los superhéroes están en ­todas partes , se titula el ­libro infantil publicado por Kamala Harris en enero del 2019, poco antes de anunciar que se presentaría a las primarias demócratas a la Casa Blanca.

Ese sueño no se ha cumplido –todavía, quizás– pero hoy hará historia al convertirse en vicepresidenta de Estados Unidos. La primera mujer, la primera negra, la primera persona de origen indio. Y cuando hoy levante la mano y jure el cargo lo hará sobre las biblias de dos protagonistas del libro, dos de sus héroes personales: la primera perteneció a Thurgood Marshall, el primer juez negro del Tribunal Supremo, y la otra, a Regina Shelton, su segunda madre.

“Dos héroes que levantaron su voz por los que no tienen voz y ayudaron a las personas más necesi­tadas”, explicó Harris tras renunciar a su escaño como senadora por California (2017-2021), el único cargo en la política nacional que ha ostentado hasta ahora. Fue la primera mujer negra en representar a California en el Senado, la primera mujer fiscal general de California (2011-2017) y, antes, la primera fiscal del distrito de San Francisco (2004-2010).

“Puede que sea la primera, pero no seré la última”, dijo al confirmarse la victoria de Joe Biden, de 78 años, a quien no le ha asustado que su número dos, de 56, pueda seguir albergando aspiraciones presidenciales. El perfil centrista de Harris reforzó el mensaje moderado de su candidatura, que logró la cifra récord de 81 millones de votos.

Acostumbrada a romper barreras, Harris ha demostrado que tiene el carácter necesario para soportar la resistencia a los cambios. “Monstruo”, la llamó Donald Trump, siempre atento a pronunciar mal su nombre para enfatizar su origen extranjero y empeñado en presentarla como una radical que empujará a la izquierda a Biden. “No vamos a tener un presidente socialista, especialmente no, una presidenta socialista mujer”.

Pero la elección de Harris como vicepresidenta ha suscitado ante todo grandes esperanzas, en especial entre las mujeres, la comunidad afroamericana y las minorías ét­nicas. Nacida en Oakland (California) en 1964, Kamala Devi Harris se considera una “hija del optimismo”, el sueño americano hecho realidad de sus padres, inmigrantes y activistas por los derechos civiles, gracias a la ayuda de muchos.

A Biden, de 78 años, no le da miedo que su número dos, Harris, de 56, pueda aspirar a ser un día presidenta

Donald Harris era un economista de Jamaica que se sintió atraído por el activismo de Bereley en lugar de por el viejo imperio británico; hoy es profesor emérito de Stanford. Ella, Shyamala Gopalan, era una bióloga india, hija de luchadores por la independencia, que buscaba la excelencia académica. Su matrimonio, fruto del amor y la rebeldía, acabó cuando Kamala Harris tenía 7 años y su hermana Maya, 4.

Su madre, ya fallecida, fue la mayor inspiración de sus vidas, la viva demostración de que podían hacer lo que se propusieran. “Importa lo que hagas, no quién eres”, “no dejéis que la gente os diga quién sois”, decía a sus hijas Gopalan, fallecida en el 2009, consciente de que deberían tener las armas necesarias para superar que se las juzgara en primer lugar por su aspecto.

Su infancia transcurrió a ritmo de Aretha Franklin. A su alrededor se respiraba activismo y black power . En los muros de la guardería de Mrs Shelton, situada debajo de su apartamento, colgaban fotos de Martin Luther King, Maya Angelou y otros iconos negros. Gracias a un programa piloto contra la segre­gación racial, Harris pudo estudiar en una buena escuela pública de Oakland antes solo para blancos.

Cuando tenía 12 años, su madre encontró trabajo en una univer­sidad de Montreal y Shyamala y las chicas –así las llamaban– se mudaron unos años a Canadá. Mientras la doctora Gopalan desarrollaba un sistema que acabó siendo un estándar nacional para analizar tejidos de mama cancerígenos, Kamala Harris organizó su primera manifestación para que dejaran a los niños jugar en el césped. Ganó.

Que el juez Marshall, legendario abogado de la lucha contra la segregación racial, hubiera estudiado en Howard fue una de las razones por las que Harris decidió a ir a esta ­universidad, una de las instituciones históricamente negras más ­antiguas, la más prestigiosa, conocida como el Harvard de los negros (sus alumnos, famosos por su gracejo, replican que Harvard es el Howard de los blancos). Allí, Harris floreció en una ambiente de optimismo y determinación de los hijos de la lucha por los derechos civiles de aprovechar sus oportunidades.

Tras licenciarse en Derecho, para sorpresa de su entorno, quiso ser fiscal, no abogada defensora. Hay cosas que solo se pueden cambiar desde dentro, decía. Puso en marcha reformas pioneras, como un programa de reinserción de presos y sobrevivió a no pocas polémicas. Sus intensos años como fiscal transpiraban en sus primeras intervenciones en el Senado, donde se estrenó con una apasionada defensa de los inmigrantes en respuesta a Trump y destacó como una dura interrogadora en las audiencias.

La vicepresidenta aprendió de su madre, una bióloga de India, que “importa lo que hagas, no quién eres”

Poco conocida entre los negros a nivel nacional, su candidatura a las concurridas primarias demócratas fracasó. Tiró la toalla antes de los votos y esperó. Biden buscaba una mujer como número dos. Aretha Franklin le condujo a Harris, Young, gifted and black (joven, talentosa y negra). Será su vice pero también presidenta del Senado en un momento en que su voto de desempate puede ser clave. Casada a los 50 años con el abogado Doug Hemhoff, padre de dos hijos adultos con los que forman una pareja moderna (“demasiado moderna”, bromean a veces, por lo bien que se llevan con la ex de él), hoy es ella, Kamala Harris, la indiscutible heroína del cuento.

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